Lloro, miro el mar y lloro. 
 canto algo, muy poco. 
 hay un mar, hay la luz. 
Hay sombras, hay un rostro.
—Alejandra Pizarnik.

 

 

 

 

Recuerdo la vez que me contó su historia.  Era una noche oscura y estábamos solas ella y yo, como muchas otras veces.  Ella, por ejemplo, tenía una maleta junto a su cama que contenía todos los papeles que consideraba importantes y un pastillero, por si llegase a temblar y había que salir corriendo. Eso es ser capricornio y no simulaciones. Sin embargo, era un hábito adquirido, una especie de lección aprendida a la mala. Yo, por el contrario, guardaba en mi mochila piedritas encontradas en el camino que me decidía a coleccionar. 

Durante nuestros viajes, siempre tuve la sensación de que caminábamos sin rumbo específico hasta perdernos y, después, el temido retorno: caminar para encontrarnos. Podía intuir que para ella, en ese territorio sin pies ni cabeza, pero sobre todo sin cabeza, la rutina era un orden sin progreso. Si se nos ocurría mirar el reloj, sentíamos pánico: 

—Hay muchas cosas que no recuerdo, las demás no recuerdo cómo olvidarlas— es una frase recurrente que yo intuía que ella quería gritar al pasar por ciertas esquinas de la ciudad. 

Tal y como suele suceder en los tangos, en ese viaje empecé a sospechar que aquel país era una película en la que se lloran mares. Aunque yo no tenía acceso  al mar desde el departamento, imaginaba de dónde a dónde llega y hasta lo lejos que podía llegar sin que lo veamos. Se me cruzó la idea en la cabeza de que quizá la palabra desaparecido, que tanto escribía mamá , tiene  alguna relación con el mar. 

 

DES-A-PA-RE-CI-DO:

adjetivo · nombre masculino y femenino

Cuando entre personas nos separa un mar pero nos une una duda: “¿Dónde están?”.

 

No recuerdo exactamente la fecha pero sí que era invierno y yo estaba en cuarto grado. La habitación tenía ventanas a la calle, se alcanzaba a ver cómo la neblina formaba unas sombrillas fantasmales en torno a los conos amarillos de los faroles de luz. Por fin, mamá empezó a hablar: 

—La memoria usa los recuerdos según le conviene para condicionar nuestra conducta,pero hay algo de lo que sí estoy segura, y es que lo único que nadie puede controlar es justo eso: la memoria— dijo. 

Yo, apoyada en el borde de la cama, pensaba que  la memoria trabajaba como una novelista escondida en nuestro inconsciente, una artífice dotada de inteligencia propia. Traté de imaginar los colores en su boca para intentar medir el tono de sus palabras, mi intuición me obligó a la reproducción ininterrumpida para que la frase se captará en su totalidad. Pero hubo un silencio eterno, en el estricto sentido de la palabra. Un silencio de aquellos donde se alberga la angustia. 

Los tres, Carlos, Gerardo y ella, eran compañeros inseparables. En los bares, pensando cómo llegar más rápido a la Patria Socialista; en los grupos de estudio, tratando de compenetrarse con Marx; en las volanteadas en las fábricas, recorriendo librerías de Corrientes, cuando todos se proletarizaron, en el trabajo cotidiano en los barrios. Momentos imborrables de pasión acompañada de grandes sentimientos y emociones que les hizo pensar que ahora sí las cosas iban a cambiar, que ahora sí los protagonistas de la historia argentina eran los jóvenes.

—Primera fase: matan a la gente por sus ideas —sentenciaba con claridad y continuaba aturdida— Segunda fase: ya no tienen que asesinar a nadie, se limitan a asegurarse de que no surjan ideas. 

A Gerardo lo secuestraron en la vía pública, tenía 25 años y no hay testimonios de su paso por un Campo Clandestino de Detención. Un año antes del enfrentamiento armado en el cual se cree que lo mataron, Carlos fue brutalmente torturado durante 24 horas. Tiempo que permitió que tanto mamá como Gerardo salieran de sus casas. 

Esa sensación o circunstancia de no existir, de no ser, de atravesar una infinita soledad habitada solo por fantasmas, que no es  propiamente mía y que después descubrí en partes de mi cuerpo, empezó esa noche. Aunque fue mucho tiempo después que me propuse buscar sus rastros, a indagar en pistas que me guiarán a comprender cómo fue que ellos aprendieron a despedirse sin decir adiós y, ella  (al menos frente a mí), a llorar sin lágrimas la ausencia.

DESAPARECIDO:

mar · nombre ambiguo 

Mar de ritmo desigual; lento mar, hondo mar,  profundo mar inmenso

— Valeria Arendar.